Reino Unido 117 min Director: Ken Russell,
Guionista: Ken Russell (basado en la obra teatral de John Whiting y la novela de Aldous Huxley),
Banda sonora: Peter Maxwell Davies,
Actores: Oliver Reed, Vanessa Redgrave, Dudley Sutton, Max Adrian, Gemma Jones, Murray Melvin, Michael Gothard, Georgina Hale.
CRITICA: Opina @gandolcine
The Devils: una brutalidad cinematográfica de Ken Russell
Esta es la crítica de La versión original del director / Director's Cut): Es la visión sin censura que Ken Russell rodó originalmente que incluye el metraje gráfico y crítico muy fuerte, como la famosa escena de la profanación del crucifijo realizada por las monjas en pleno delirio de histeria colectiva. Durante décadas se consideró incompleta o con escenas totalmente borradas por el estudio, aunque por internet ya circulaba sin censura ahora llega completa y en 4k.
Hay películas que uno ve, disfruta y olvida; otras permanecen en la memoria durante años. Y después está The Devils, una experiencia cinematográfica tan excesiva, enfermiza, violenta, barroca, provocadora y descomunal que resulta imposible contemplarla con indiferencia. Estrenada en 1971, es una de esas obras hechas para demostrar que el cine puede llegar a lugares donde prácticamente ninguna otra forma artística se atreve a entrar. Hoy, su visionado en la versión restaurada y reconstruida según la intención original del director permite comprender por qué durante décadas fue considerada una de las grandes películas malditas de la historia del cine.
Para mí, The Devils es una auténtica brutalidad: una obra desmesurada, incómoda, fascinante y visualmente apabullante que no necesita pedir permiso a nadie. Es cine llevado hasta el límite. Ken Russell no busca rodar una reconstrucción histórica convencional o solemne de la Francia del siglo XVII, sino utilizar un episodio real para construir una pesadilla asfixiante sobre el poder, la religión, la represión sexual, la manipulación política, el fanatismo y la histeria colectiva con una libertad creativa impresionante.
La historia parte del caso real de Urbain Grandier, un carismático y provocador sacerdote de Loudun acusado de brujería tras un supuesto brote de posesión demoníaca en un convento de monjas. Inspirándose en el libro de Aldous Huxley The Devils of Loudun, Russell convierte el material histórico en algo alucinatorio donde el verdadero monstruo no habita en lo sobrenatural, sino en las propias estructuras de poder: en quienes utilizan la religión para dominar, en quienes convierten la represión en virtud y en quienes manipulan a las masas hasta hacer pasar la mentira por verdad.
Debajo de toda su locura estética, la película es un ensayo político, social y psicológico de primer orden que Russell despliega de forma totalmente cinematográfica: prefiere mostrar antes que explicar de manera didáctica.
Gran parte de la fuerza de la película recae en un reparto en estado de gracia. Oliver Reed ofrece una interpretación física, desafiante y brutal como Grandier. Lejos de santificarlo, lo retrata como un hombre imperfecto, arrogante y profundamente vital, dotándolo de una dignidad y una fuerza interior que tornan su destino inevitablemente trágico.
Frente a él, Vanessa Redgrave entrega una interpretación arriesgada e inolvidable como la hermana Jeanne. Redgrave canaliza la represión, el deseo y la frustración con una presencia casi fantasmagórica, convirtiendo el deseo reprimido en el motor oculto de una enfermedad colectiva. Junto a ellos, el resto del elenco —con nombres como Dudley Sutton o Murray Melvin— contribuye a consolidar ese universo claustrofóbico y antinatural donde todo parece a punto de estallar, apostando firmemente por una puesta en escena teatral, operística y grotesca.
Si The Devils es una experiencia única, se debe en gran medida a su revolucionaria propuesta visual. Los decorados diseñados por Derek Jarman —con sus estructuras blancas, geométricas y casi abstractas— sitúan la acción a medio camino entre el siglo XVII y un futuro distópico, convirtiendo la arquitectura en una prisión mental ideada para aplastar a los personajes.
A este diseño se suma una violencia que nunca funciona como mero espectáculo gratuito, sino como un lenguaje propio. Torturas, ejecuciones y cuerpos castigados, deseados o reprimidos actúan como un campo de batalla físico y sensorial. Russell no suaviza prácticamente nada; busca que el espectador sienta el horror para integrar la violencia en una atmósfera casi de naturaleza religiosa.
La censura y la restauración definitiva
Es imposible hablar de The Devils sin abordar su turbulenta historia con la censura. La película chocó frontalmente con Warner Bros. y los organismos de clasificación británicos y estadounidenses (recibiendo una codiciada calificación X). Se exigieron numerosos cortes vinculados a la violencia, el sexo y el cruce entre religión y erotismo —incluyendo la tristemente célebre secuencia conocida como el rapto de Cristo—, lo que la convirtió en una obra mutilada durante décadas. Irónicamente, una película que exponía el abuso de las instituciones terminó sufriendo la censura de las mismas.
Por este motivo, la llegada de la restauración 4K supervisada por el propio director y el montador Michael Bradsell cambia radicalmente la perspectiva. No estamos solo ante una versión más completa, sino ante la posibilidad de ver por fin la agresión artística que Russell concibió originalmente.
Lejos de buscar la moderación, Russell desata un torrente formal donde la fotografía de David Watkin, el vestuario de Shirley Russell, el montaje y la dirección artística trabajan al unísono en el límite permanente del delirio.
The Devils puede resultar agotadora, excesiva o desagradable, pero ahí radica su grandeza: no pretende ser cómoda, sino dejar una huella imborrable en el espectador. Al final, los excesos formales y narrativos revelan una radiografía lúcida sobre cómo las sociedades fabrican culpables y manipulan el miedo. Lejos de haber envejecido, nos encontramos ante una de las cimas de la libertad creativa del cine británico; una obra salvaje, maldita y peligrosamente moderna que justifica por sí sola la existencia del arte cinematográfico.

