Type Here to Get Search Results !

Crítica: Pat Garrett and Billy The Kid (1973) ★★★★★


 ★★★★★   9/10   Estados Unidos 122 min.

Dirección: Sam Peckinpah Guion: Rudy Wurlitzer Música (BSO): Bob Dylan Reparto: James Coburn, Kris Kristofferson, Richard Jaeckel, Katy Jurado, Chill Wills, Barry Sullivan, Jason Robards, Bob Dylan, Slim Pickens, Jack Elam, Harry Dean Stanton

  CRITICA: Opina @gandolcine

Pat Garrett y Billy the Kid: la elegía perfecta de un Oeste que se muere

Hay películas que cuentan una historia y hay películas que parecen despedirse de una época. Pat Garrett y Billy the Kid, dirigida por Sam Peckinpah en 1973, pertenece claramente a la segunda categoría. Es un western crepuscular, melancólico, bellísimo y profundamente triste: la transformación de un relato tantas veces contado en una reflexión sobre la amistad, la traición, el paso del tiempo y la desaparición de un mundo.

Pocas obras han entendido tan bien que el western clásico estaba llegando a su final. Aquí ya no encontramos héroes movidos por ideales ni una frontera llena de posibilidades. Encontramos hombres cansados, pistoleros desubicados e intereses económicos que empiezan a controlar el territorio ante la mirada de personajes que ven cómo su época se disuelve delante de sus ojos.

En el centro de todo están Pat Garrett y Billy the Kid, interpretados magníficamente por James Coburn y Kris Kristofferson: dos antiguos amigos situados ahora en lados opuestos de la ley.

James Coburn firma una de las mejores interpretaciones de toda su carrera desde la contención. Su Pat Garrett es un hombre envejecido antes de tiempo que comprende el precio de sus decisiones: para construir su futuro como representante de la ley debe destruir su pasado como forajido. Hay cansancio en su mirada, ironía en sus silencios y una tristeza permanente. No disfruta persiguiendo a Billy, pero cumple su cometido porque entiende que los tiempos han cambiado y que el Oeste ya no pertenece a los cuatreros, sino al dinero y a las nuevas estructuras de poder.

Por su parte, Kris Kristofferson resulta sencillamente perfecto. No compone a un Billy agresivo ni efectista, sino que lo dota de una tranquilidad desconcertante. Vive según sus propias reglas, con carisma, sentido del humor y una libertad casi infantil, pero sin esconder su peligrosidad. Peckinpah no lo convierte en un héroe convencional —mata, roba y es imprevisible—, pero Kristofferson le otorga una autenticidad magnética.

La química entre ambos es magnífica. Sentimos sus años de relación en cada encuentro a través del afecto, el respeto, el resentimiento y la nostalgia. Garrett representa la aceptación del cambio; Billy, la resistencia a evolucionar. Esa tensión convierte el enfrentamiento final en algo devastador: no vemos a un sheriff cazando a un delincuente, sino a un hombre matando una parte de sí mismo.

Peckinpah y la poética de la violencia

Sam Peckinpah vuelve a demostrar que la violencia puede ser mucho más que un espectáculo. Aunque están sus célebres ralentís y su montaje fragmentado, los tiroteos nunca resultan heroicos; son sucios, incómodos y profundamente tristes. Cada enfrentamiento es una despedida donde la muerte revela su peso real.

Un ejemplo magistral es la secuencia con Slim Pickens y Katy Jurado, observada con una calma casi insoportable. El director entiende que el final de una era no se produce mediante una gran batalla, sino a través de pequeñas pérdidas y personajes que van desapareciendo lentamente.

A esto se suma un reparto secundario espectacular (Jason Robards, Jack Elam, Richard Jaeckel, Harry Dean Stanton), donde cada rostro parece condensar la historia entera del género.

Bob Dylan: la banda sonora como elegía

La aportación de Bob Dylan es fundamental. Más allá de poner música, crea una atmósfera de leyenda y recuerdo. Su utilización de Knockin' on Heaven's Door durante la muerte del personaje de Baker transforma la escena en una auténtica elegía que convierte la emoción en memoria. Además, la presencia de Dylan como Alias —un personaje misterioso y casi fantasmal— refuerza esa sensación de estar ante una balada cinematográfica.

La belleza de un mundo que desaparece

Visualmente, la película es extraordinaria. Peckinpah retrata un Oeste polvoriento, áspero y decadente a través de los paisajes mexicanos, con un ritmo deliberadamente contemplativo que deja respirar a las escenas. Los silencios y las esperas construyen una atmósfera donde la violencia irrumpe con enorme impacto.

Pese a su complicada historia de montaje y las interferencias del estudio, hoy resulta evidente la enorme personalidad de esta joya revisionista. Pat Garrett y Billy the Kid es, en definitiva, uno de los westerns más bellos, personales y conmovedores de los años setenta. Una obra que encuentra su grandeza en sus miradas y paisajes para contar, por encima de todo, la historia de cómo murió un mundo.

Publicar un comentario

0 Comentarios
* Please Don't Spam Here. All the Comments are Reviewed by Admin.