★★★★☆ 8/10 Estados Unidos 99 min
Director: Michael Winner
Guion
Gerald Wilson
Duración: 1h 39m
Año: 4 de agosto de 1971
REPARTO Burt Lancaster, Robert Ryan, Lee J. Cobb, Robert Duvall, Sheree North, Albert Salmi, J.D. Cannon, Joseph Wiseman, Richard Jordan, John McGiver, Ralph Waite, John Hillerman, Robert Emhardt, Charles Tyner, John Beck.
CRÍTICA sin spoilers
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Un clásico absoluto, duro e injustamente olvidado
En nombre de la ley (Lawman, 1971), dirigida por Michael Winner y protagonizada por un imponente Burt Lancaster, es uno de esos westerns que el tiempo ha tratado con una injusticia difícil de comprender. Poco conocida, raramente citada entre los grandes títulos del género y sin el aura mítica de otros filmes de su época, la película es, sin embargo, un clásico absoluto. Un western seco, áspero y brutal, sin romanticismo ni concesiones, que entiende la justicia como un acto implacable y al sheriff como una figura casi inhumana, más cercana a una fuerza de la naturaleza que a un héroe tradicional.
Con apenas 1 hora y 39 minutos de duración, En nombre de la ley concentra una potencia narrativa y moral que muchos westerns más famosos jamás alcanzaron. Aquí no hay épica luminosa ni nostalgia del Viejo Oeste: hay polvo, miradas cargadas de amenaza y una sensación constante de fatalidad.
Michael Winner y un western sin anestesia
Michael Winner, director a menudo subestimado y recordado sobre todo por su cine más urbano y violento, encuentra en Lawman uno de los trabajos más sólidos y coherentes de su carrera. Su puesta en escena es directa, casi seca, evitando cualquier tentación lírica. Winner filma el Oeste como un territorio hostil donde la ley no es una idea abstracta, sino una imposición física.
La cámara nunca embellece la violencia ni busca glorificarla. Todo es frontal, incómodo, desprovisto de sentimentalismo. Cada decisión visual refuerza la idea central del film: la justicia no es limpia, no es heroica y no deja espacio para la compasión. Es una maquinaria que avanza, cueste lo que cueste.
Burt Lancaster: el sheriff definitivo
Si En nombre de la ley es un clásico, lo es en gran parte gracias a Burt Lancaster, que ofrece aquí una de las interpretaciones más duras, secas y autoritarias de toda su carrera. Su sheriff no es simpático, no es carismático en el sentido tradicional y desde luego no busca la aprobación del espectador. Es un hombre rígido, obsesivo, inquebrantable.
Lancaster construye un personaje que parece tallado en piedra. No levanta la voz más de lo necesario, no hace gestos superfluos, no se permite fisuras visibles. Su presencia física —erguida, dominante, casi intimidatoria— convierte cada plano en una declaración de principios. No estamos ante un héroe romántico, sino ante un ejecutor de la ley.
Lo más fascinante es cómo Lancaster logra transmitir una violencia latente incluso en los momentos de calma. Basta su forma de caminar o de mirar para entender que este sheriff no retrocederá jamás. Es, sin exagerar, uno de los sheriffs más duros que haya pisado el cine del Oeste.
Un reparto de lujo al servicio de la tensión
El reparto que acompaña a Lancaster es sencillamente extraordinario. Robert Ryan, siempre magistral, aporta una complejidad moral que enriquece el conflicto central, mientras que Lee J. Cobb encarna con enorme presencia uno de esos personajes que representan el poder económico y social del Oeste, tan peligroso como las armas.
La película cuenta además con nombres que engrandecen aún más el conjunto: Robert Duvall, Albert Salmi, Ralph Waite o Joseph Wiseman, entre otros. Cada secundario está perfectamente definido, sin excesos, sin caricaturas. Nadie sobra. Todos aportan capas de tensión y contribuyen a esa sensación de comunidad cerrada, hostil, a punto de estallar.
El trabajo coral es uno de los grandes aciertos del film: no hay figuras decorativas. Cada personaje parece tener algo que ocultar, algo que perder o algo que temer.
Un western sin sentimentalismo
Uno de los rasgos más distintivos de En nombre de la ley es su total ausencia de sentimentalismo. Aquí no hay espacio para discursos morales reconfortantes ni para gestos de redención fácil. El film se sitúa en una línea mucho más cercana al western crepuscular, anticipando el tono áspero y desencantado que dominaría el género en los años posteriores.
La justicia que plantea la película no es negociable ni empática. No se detiene a escuchar excusas ni a comprender contextos. Simplemente se aplica. Esta visión radical puede resultar incómoda, incluso perturbadora, y es precisamente ahí donde reside la grandeza del film.
Winner y Lancaster no buscan que el espectador se sienta cómodo. Buscan confrontarlo con una idea incómoda: ¿qué ocurre cuando la ley se convierte en una fuerza imparable, desprovista de humanidad?
Violencia contenida, tensión constante
Aunque Lawman no abusa de la violencia explícita, cada escena está impregnada de una tensión constante. El peligro no reside únicamente en los tiroteos, sino en los silencios, en los enfrentamientos verbales, en las miradas cruzadas.
La violencia, cuando aparece, es seca, abrupta, sin espectacularidad. No hay glorificación ni estilización. Es un recurso narrativo más, utilizado con precisión quirúrgica. Esta contención hace que cada estallido resulte más impactante y significativo.
Un western infravalorado
Resulta sorprendente que En nombre de la ley no figure de manera habitual en las listas de los grandes westerns de los años setenta. Quizá su tono implacable, su falta de concesiones emocionales o su mirada incómoda sobre la autoridad la hayan condenado a un injusto segundo plano.
Sin embargo, vista hoy, la película se revela como una obra adelantada a su tiempo, profundamente moderna en su tratamiento de la violencia, la ley y el poder. Un film que dialoga tanto con el western clásico como con el cine más cínico y desencantado que vendría después.
Conclusión: un clásico imprescindible
En nombre de la ley (Lawman, 1971) es un western esencial, duro como una roca y tan afilado hoy como el día de su estreno. Michael Winner firma una obra sin adornos, mientras Burt Lancaster entrega una interpretación monumental, creando un sheriff inolvidable, temible y absolutamente icónico.
Poco conocida, infravalorada y raramente reivindicada como merece, esta película es pura justicia a mano dura, sin romanticismo ni consuelo. Un retrato implacable del Viejo Oeste y de la figura de la ley como fuerza inapelable.
Para los amantes del western y del cine sin concesiones, En nombre de la ley no es solo recomendable: es obligatoria.

